sábado, 17 de noviembre de 2012


“En aquellos días, después de esa tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no irradiará su resplandor, las estrellas caerán del cielo y los ejércitos celestes temblarán. Entonces verán llegar al Hijo del Hombre entre nubes, con gran poder y gloria. Y enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos desde los cuatros vientos, de un extremo de la tierra a un extremo del cielo. Aprended del ejemplo de la higuera: cuando las ramas se ablandan y brotan las hojas, sabéis que está cerca la primavera. Lo mismo vosotros, cuando veáis suceder aquello, sabed que el fin está cerca, a las puertas. Os aseguro que no pasará esta generación antes de que suceda todo eso. Cielo y tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, no los conoce nadie, ni los ángeles en el cielo, ni el hijo; sólo los conoce el Padre”. (Mc. 13, 24-32)

Jesús dice: “Mis palabras no pasarán”.  Pero las palabras de Jesús hay que entenderlas, hay que interpretar lo que significan, para no caer en error. En este texto (ya al final del año litúrgico) se habla de dos acontecimientos (un tanto mezclados): Se habla de la destrucción de Jerusalén, que ocurrió en el año 70, a manos de los romanos; y se habla del final de los tiempos, final de este mundo. Y una y otra cosa se expresa en lo que se llama “lenguaje apocalíptico”. La literatura apocalíptica es la expresión con que se designa en el judaísmo tardío y en el cristianismo naciente (150 a. C. – 100 d. C) a un tipo de literatura importante y original. Se compone de imágenes, de símbolos, con frecuencia tomados del cosmos. Nunca hay que tomarlos al pie de la letra, sino tratar de ver qué es lo que quiso decir el autor con esas expresiones tan llamativas, y muchas veces incoherente. El nombre de “apocalíptica”, se le dio mucho después, por semejanza con el libro del Apocalipsis (Último del Nuevo Testamento)-

Los profetas lo habían empleado con profusión. Al tener que hablar de cosas pertenecientes a la órbita de lo misterioso, de lo no conocido experimentalmente, nada como el lenguaje simbólico se adapta a las exigencias de este género. La dificultad para el intérprete y el lector moderno, sobre todo occidental, reside en la gran cantidad de símbolos.

A muchos, estas palabras que el evangelista Marcos pone en boca de Jesús, les produce una sensación de miedo, de terror. A otros les deja impasibles e indiferentes, porque piensan que el fin del mundo está todavía muy lejano, y, a ellos, por mucho que puedan vivir, no les tocará sufrirlo.

Lo de la destrucción de Jerusalén, ya ocurrió; y fue un verdadero desastre y una gran desolación para el pueblo judío, incluida la destrucción del Templo de Jerusalén.

En lo referente al fin del mundo, tenemos que quedarnos, sencillamente, en que este mundo llegará un tiempo en que desaparecerá. ¿Cómo? ¿Cuándo? Dice Jesús: ”En cuanto al día y la hora, no los conoce nadie, ni los ángeles en el cielo, ni el hijo; sólo los conoce el Padre”. Queda por tanto en las manos exclusivas de Dios. Él lo creó, y él lo hará desaparecer cuando lo crea conveniente.  Lo cierto es que dará paso a otro “mundo”, la eternidad con Dios. Es por tanto un mensaje de esperanza.

Félix González

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