martes, 25 de diciembre de 2012


En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,
ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David,
salió de Nazaret, ciudad de Galilea,
y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,
para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Y aconteció que estando ellos allí,
se le cumplieron a ella los días del parto;
y dio a luz a su Hijo primogénito,
y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre,
porque no había lugar para ellos en el albergue.

Había unos pastores, en aquella misma comarca,
que custodiaban y velaban por turno sobre sus rebaños durante la noche.
De pronto, se les apareció el Angel del Señor
y la gloria del Señor los envolvió con su luz.
Ellos sintieron un gran temor, pero el Angel les dijo:
«No teman, porque les traigo una buena noticia,
una gran alegría para todo el pueblo:
Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador,
que es el Mesías, el Señor.
Y esto les servirá de señal:
encontrarán a un niño recién nacido
envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»
Y junto con el Angel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial,
que alababa a Dios, diciendo:
«¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!»
Después que los ángeles volvieron al cielo,
los pastores se decían unos a otros:
«Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido
y que el Señor nos ha anunciado.»
Fueron rápidamente y encontraron a María, a José,
y al recién nacido acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño,
y todos los que los escuchaban
quedaron admirados de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.
Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios
por todo lo que habían visto y oído,
conforme al anuncio que habían recibido (Lucas 2, 1-20).

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